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No será apfelstrudel, pero está bueno

Para este mes de febrero, como es tu cumpleaños, voy a encargarte algo especial, algo que haga alusión a tus orígenes teutones: un apfelstrudel”, dijo mi jefe, Gastromanso, ahuecando la voz al referirse a mi ADN materno. Cuando alguien quiere hacer befa y escarnio de mi lado germano, utiliza la palabra “teutón”. Es un adjetivo potente, sólido, que remite a valquirias rollizas, placas tectónicas que sujetan continentes y escotes generosos. Pero no me ofendí, tuve tooooooooda la adolescencia para integrar mis genes alemanes y ahora los exhibo con naturalidad.

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Como siempre, busqué recetas por aquí y por allá y me decanté por la que me pareció más fácil. Compré los ingredientes y, ayer domingo, me puse manos a la obra. Comencé por elaborar la masa. “Haz una bola y, con la ayuda de un rodillo, extiende la masa hasta conseguir un rectángulo”. ¿Tan difícil era especificar que iba a necesitar un rodillo en la enumeración de ingredientes, Dios santo? ¿Acaso creen los que escriben recetarios que todo el mundo tiene en casa un rodillo? ¡Era domingo! ¡Las tiendas estaban cerradas! Hice reposar mi frente sobre el puño derecho, cerré los ojos y me concentré, ¿qué podía utilizar en su lugar? La imagen se formó en mis circunvoluciones cerebrales: una botella de vino.

Apfelstrudel y botella de vino.
Apfelstrudel y botella de vino.

Estaba comenzando a adelgazar la masa cuando leí que “los maestros pasteleros austriacos y alemanes afirman que para que esta esté en su punto de finura debería poderse leer un periódico a través de ella”. Levanté el mapa de Australia en el que se había convertido mi “rectángulo” y traté de ver la campana del extractor a través de él, pero resultó ser más opaco que un pedazo de pizarra. No iba a desanimarme por tan poca cosa. Dispuse las nueces troceadas, los pedacitos de manzana, la mantequilla derretida, el azúcar moreno y fui enrollándolo todo como si se tratara de un brazo de gitano. El olor a canela inundaba la cocina y me sentí por un instante una buena ama de casa, una buena esposa, una buena madre. Fue un gran momento.

¿Un rectángulo?
¿Un rectángulo?

Introduje esa especie de calzone en el horno, previamente calentado a 180 grados y me senté a la mesa de la cocina a esperar a mi madre, que había prometido pasar por mi casa a probar el invento y a valorar el grado de autenticidad que había conseguido alcanzar. Llamó al portero automático:

—¿Está lista la merienda?

—Sí, mamá.

—¿Has comprado salsa de vainilla?

—No, mamá.

—Un apfelstrudel sin salsa de vainilla o nata montada es incomible.

Con una enorme gota de sudor deslizándose por mi sien, como si fuera la protagonista de un manga japonés, improvisé una salsa con leche, mantequilla derretida y azúcar avainillado. Un brebaje infame, os lo digo antes de que lo penséis.

El veredicto de mi madre, natural del estado federado de Renania del Norte-Westfalia es el que podéis escuchar en el vídeo adjunto. Solo quiero alegar en mi favor que no será apfelstrudel, pero que está de rechupete.

[Así debería haber quedado]

Apfelstrudel
Así debería ser la Apfelstrudel, pero no.

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