UNA EXTRATERRESTRE EN LA COCINA

Cocido Millennial

cocido-millennial-galdosiano

Que si el cocido es el plato estrella de la gastronomía patria, que si es el emblema de la cocina elemental, que si es el elixir que devuelve la vida y el aliento a las almas exangües… Demasiadas condecoraciones relucen en la guerrera del cocido madrileño como para que una aprendiz de cocinera se atreva a abordarlo sin presión. Pero lo he hecho. Y he sobrevivido. Aun así, dejadme que os diga una cosa: este plato no es sostenible, es un anacronismo, un manjar a contracorriente que se hace un hueco en las cocinas a base de cabezonería. Porque, en un mundo que gira enloquecido, ¿quién tiene el tiempo y la serenidad de espíritu para preparar un cocido como Dios y la tradición mandan?

Yo, desde luego, me he sentido transportada al Madrid de Galdós, me he visualizado con refajo, falda larga y mantón y la cesta de mimbre enhebrada al codo entre los puestos del mercado de la calle Toledo:

—Señá Remedios: póngame cuarto y mitad de morcillo. Y bien hermoso.

Hasta ayer, de hecho, pensaba que el morcillo era el macho de la morcilla. Pero no, es una pieza de carne que proviene de la pata de los cuadrúpedos y que se pone tierna y sabrosa tras una larga cocción. El morcillo es uno más de los innumerables ingredientes que forman un cocido y cuya localización y búsqueda en el mercado casi me vuelve loca. No, amorosos lectores, no es sostenible un plato que te obliga a pasarte media mañana buscando nabo, hueso con tuétano, chorizo, panceta, repollo y otros productos más castizos que una corrala.

A salto de mata

Una vez en casa y con todo el género desembalado, leo con estupor que los garbanzos “deben dejarse en remojo la noche antes” ?. O sea, que en los tiempos de internet, del tren de alta velocidad, de los horarios milimetrados, de la vida loca, hay un plato que se permite el lujo de afirmar su presencia doce horas antes de su elaboración. ¡Pero si vivimos a salto de mataaaa! Es entonces cuando empiezo a intuir el espíritu novecentista que se aloja en el interior de cada plato de cocido, la esencia de un mundo en calma, donde se podía emplear el día entero en preparar un plato de cuchara, al amor de las brasas, hasta que cada alimento destilara su esencia.

Al día siguiente, despliego de nuevo el arsenal con el que libraré la batalla y compruebo que los garbanzos se han reblandecido. Dice la receta que debo “sellar” las piezas de carne sofriéndolas en un chorretín de aceite caliente. Comienza entonces el drama: el hueso supura diminutas gotas de sangre cuya visión me lleva al borde del desmayo. Me sobrepongo y trato de limpiar la blanca superficie del hueso con papel de cocina. Al cabo de dos minutos, el hueso se ha perlado de nuevo de gotas rojas. Decido entonces que mi cocido no llevará hueso y lo tiro a la basura, ante la mirada desolada de mi gato Machín, que de buena gana le hubiera pegado unos cuantos lametones.

Me siento Unabomber

Lleno la olla de agua y prosigue el drama: los ingredientes no caben. Necesitaría una olla de las que se emplean en los portaaviones para conseguir que tantos alimentos naden en condiciones. Es entonces cuando me sobreviene la revelación: nuevos tiempos requieren un nuevo cocido, el cocido millennial o minimalista.

Saco la olla rápida y busco frenéticamente las instrucciones en el cajón de las instrucciones: la caldera, la plancha para el pelo, el lavavajillas, la tostadora ¡la olla rápida!  Manipulo sus partes como si fuera Unabomber, con destreza y respeto, tratando de entender el mecanismo. Aplico mis conocimientos New Age (Simplifica tu Vida) y meto en la olla unos garbanzos, un poco de morcillo de ternera, un poco de tocino, un puerro, una zanahoria, dos costillitas de cerdo, una punta de nabo y unas hojas de apio. Desecho la morcilla, el chorizo, la gallina, el pollo, el codillo de jamón, la panceta y, por supuesto, los huesos con tuétano (¡aaaaaarg!). Lo pongo a hervir sin tapar porque he leído que es obligatorio “desespumar”. Nuevamente he regresado a Galdós y a su novela Tristana, en la que Don Lope proclama que todo lo que necesita saber una mujer honrada, de su casa, es cómo se espuma un cocido.

Es entonces cuando me entero de que la cocción de las carnes hace aflorar “impurezas”, palabra que me estremece hasta lo más hondo. Pero la curiosidad vence y espero el hervor para comprobar la consistencia y aspecto de la espuma, una bella palabra que no merece esta prosaica acepción. Cuando por fin aparece, amarronada, sucia, busco en internet “cómo desespumar” y me encuentro a un señor que retira la puntilla burbujeante con un cucharón. Esperaba algo más tecnológico, más sofisticado, pero me aplico a la tarea.

Para gente metódica

Una vez eliminadas la mayoría de las partículas (y medio litro de caldo que me he llevado como daño colateral) cierro la olla y que sea lo que Dios quiera. A la media hora, destapo el tarro de las esencias y doy por concluido mi cocido millennial. No es gran cosa, pero al menos es coherente con los tiempos que corren, no exige una gran compra ni cuatro horas de cocción ni el desengrase constante, metódico, galdosiano que garantiza un cocido de primera.

Quizá te interese ...

Easy as pie (pan comido)

SABINA PONS

Con la ‘k’ de kimchi y de kombucha

SABINA PONS

CuraAlmas minestrone

SABINA PONS

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. Aceptar Leer más