UNA EXTRATERRESTRE EN LA COCINA

Ecce pollo, pesadilla de Navidad

Ecce pollo

[Cuento-pesadilla de Navidad. De cara a la cena de Nochebuena, le hemos pedido a Sabina Pons que ensaye un tradicional pollo relleno. Si sale bien, puede presidir su mesa. De lo contrario…]

ada más comprar el pollo le puse nombre –Morgan– porque presentí que íbamos a pasar mucho tiempo juntos. Y así ha sido. Morgan y yo las hemos pasado de todos los colores gracias a las erráticas y sobredimensionadas exigencias de mi jefe, Gastromanso:

—Sabina, querida, para diciembre me vas a perpetrar una receta de pollo relleno.

Peleo, lucho, pongo objeciones. Pero él permanece inmutable: “Tú puedes”. Así que acudo a la carnicería con paso seguro y pido un pollo. Es entonces cuando me dan a Morgan. Al mediodía he quedado para comer con mis amigas, así que aprovecho para pavonearme:

—Pues esta tarde voy a hacer pollo relleno.

Andrea, que es conocedora de mis habilidades culinarias, me pregunta si he comprado el pollo deshuesado. Aparte de que no he oído esa palabra en mi vida, no entiendo a qué se refiere. ¿Todos los pollos tienen huesos, no? Por eso son vertebrados. Andrea me explica que, para rellenar algo, previamente hay que vaciarlo. Es una ley de la física más elemental. Picada en mi orgullo, me debato: “Bueno, seguro que también se puede rellenar un pollo con huesos”. “Claro, le puedes poner cuatro piñones, que seguro que le caben”, apunta mi otra amiga Jeru, que se hace la chulita pero sabe tanto de cocina como yo.

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Morgan en el coche

Voy a recoger a Morgan y lo llevo de nuevo a la carnicería, donde me explican que debo dejarlo porque deshuesar un pollo no es cosa de dos minutos. Al día siguiente, lo recojo y volvemos a casa. Como entro nosotros ha surgido un vínculo de afecto y mutua comprensión me resisto a meterlo en una bolsa, como si fuera un paquete de harina. Quiero que vea mundo.

Cuando por fin estoy lista para comenzar a elaborar la receta, advierto que camuflada al final de la lista de ingredientes aparece una anotación “Asegúrese de tener hilo de bramante”. Por el amor de Dios, ¿qué es hilo de bramante? Acudo a Google, que me informa de que el hilo de bramante de cocina me servirá para atar el pollo. ¿Atar a Morgan? ¡Morgan no va a escaparse! Está muerto, maldita sea. Además, somos amigos y no tiene ninguna intención de huir.

Salgo a por el hilo. De nuevo en la cocina comienzo a mezclar los ingredientes en un bol (carne picada, frutos secos, panceta, queso, pan rallado) y me dispongo a rellenar el pollo. Morgan me espera, tumbado en la bandeja del horno, resignado. La sensación de meter la mano en las entrañas de un animal me descoloca. Repentinamente, siento que no puedo, no puedo. Me obligo a hacerlo invocando la imagen de Gastromanso (“Entrégame el artículo el lunes, como muy tarde) y tratando de no sucumbir a la angustia que me provoca la humedad cavernosa de lo que estoy tocando… ¡y todavía falta por introducir el huevo duro!

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«Recuerda que tienes que atarle el culito»

Mi amiga Toñy, avezada cocinera, me ha enviado un whatsapp: “Recuerda que tienes que coserle el culito”, lo que me provoca un micro ictus, ¡no voy a coserle el “culito” a Morgan! Pero ella porfía: “Acuérdate también de que tienes que atarle las patas”. Tomo en mis manos las patas de Morgan, que tienen la textura y el peso de los piececillos de un bebé. Las levanto y las dejo caer, una o dos veces, y me doy cuenta de que soy incapaz de atarlas. Es algo superior a mí. Introduzco a Morgan en el horno, ansiosa por acabar con esto de una vez.

A las dos horas, abro el horno y aparece esta especie de pintura expresionista de Francis Bacon que me deja helada. Es un San Sebastián barroco, atado, asaetado, martirizado. Comparto la foto en el grupo de wapp y recibo un mensaje de Bea: “Voy a llamar inmediatamente al Seprona”. Otro de Toñy: “No se puede presentar un pollo al horno espatarrao”. Las ignoro. Dejo enfriar a Morgan y corto su pecho abombado a láminas. Me llevo el tenedor a la boca con reverencia, en comunión con la presencia del que fue mi amigo. Mi marido y mi hijo, sospechosamente, no han aparecido por casa a la hora de comer.

El final de Morgan.
El final de Morgan.

 

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