UNA EXTRATERRESTRE EN LA COCINA

Receta de Navidad que nos sirve para el resto del año

odiadores de la navidad

El mundo se ha llenado de odiadores de la Navidad. Ya nadie se cree los anuncios de turrones, en los que una familia intercambia sonrisas y miradas de complicidad acunada por el sonido de los cascabeles y la luz anaranjada de las velas. Ya nadie se identifica con los rostros resplandecientes que contemplan las luces de la calle, prrotegidos por un gorro de punto y una bufanda a juego. El cambio climático se ha cargado buena parte de la iconografía navideña. La gente se ha hartado de tanta exigencia de felicidad; ha tardado años en aceptar que la familia es una fuente de conflictos, que las compras descalabran la economía, que nadie comparte los premios de la lotería, que los años pasan y no llega nunca la Navidad soñada.

Pero es absurdo quedarse en la fase de negación: “Odio la Navidad”, “Estos días me entristecen”, “En Nochevieja, a las once estoy en la cama”, “Ojalá ya fuera 7 de enero”. La Navidad está repleta de cosas positivas y hermosas, sólo hay que saber detectarlas e incorporarlas en la dosis justa, a veces homeopática. Los ingredientes para mi receta de Navidad sana y equilibrada son:

_ Una cucharadita de detalles decorativos. La mayoría de mis amigas hiperventilan cuando piensan en que tienen que decorar la casa, como si las poseyera el espíritu de Melania Trump encargándose de ambientar la Casa Blanca. Si no tienen hijos o estos ya son mayores, renuncian.  Es una lástima porque basta pasearse por el mercado y comprar unas ramas de abeto, de eucaliptus de hoja redonda, de acebo y de ilix para transformar la atmósfera de un salón. Al ramo se le añaden dos velas blancas y todo adquiere otro rollito, de hogar, de vida.

_ Medio kilo de regalos. Los regalos no son una carga ni una pesadez. Basta con enfocar el pensamiento hacia la persona a la que quieres y salir a la calle con la mente abierta. El precio no es importante, lo que cuenta es que el objeto elegido hable de ella y de ti. Un regalo lleva en sí un mensaje: “He dedicado un tiempo a pensar en ti, a lo que te gusta, y lo he hecho porque tú eres importante en mi vida”. Vivimos en la sociedad del yo, del selfie. Nos compramos coches, ropa, móviles, cámaras, música. Todo para nosotros. ¿Qué hay de malo en dedicar un poco de tiempo y dinero al otro?

_ Un pellizco de alegría genuina por reunirse. Las reuniones familiares son una ocasión única para reunirse con personas a las que aprecias y no ves todo lo que te gustaría. Por supuesto que en el pack están incluidos también seres humanos que preferirías evitar. Con ellos hay que practicar lo que los psicólogos llaman la indiferencia asertiva: bloquear cualquier reacción externa, como si no nos importara o no nos afectara en forma alguna lo que el otro está diciendo. Concentrémonos en aquellos que amamos. La vida pasa muy deprisa, la vida cambia en un momento. ¿Quién sabe si en unos años añoraremos esta comida o esta cena a la que acudimos con indiferencia o rechazo?

_ Kilo y medio de cocina emocional. La comida es poderosamente evocadora. Hay platos cuyo mero aroma te transporta a la infancia, a un mundo dichoso y seguro. Los alimentos contienen una tremenda carga sensorial y estimulan nuestra memoria culinaria. Cada año, cuando comienza la temporada de las fresas y muerdo por primera vez la tierna pulpa roja, vuelve a mi memoria el huerto de mi abuelo, el lugar umbrío en el que crecía el fresal, la tierra húmeda sobre la que me sentaba. Es instantáneo e involuntario. Por ello, evito los platos sofisticados en Navidad. Prefiero los sabores de siempre, los que me permiten reencontrarme con sensaciones que durante el resto del año permanecen dormidas: el consomé con sopa rellena, el asado de cochinillo con patatas y el turrón de almendra cruda que hacía mi abuela (foto).  La recuerdo machacando las almendras, mezclándolas con azúcar, un poco de naranja y la ralladura de un limón y guardando la masa entre dos obleas que crujían como papel. Este año, he sido yo la que ha elaborado el turrón y, sin embargo, tengo la sensación de que mi abuela ha estado conmigo, guiando mi mano y diciéndome al oído qué dichosas fuimos por poder compartir tantas navidades.

Feliz Navidad. No la odiéis.

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