UNA EXTRATERRESTRE EN LA COCINA

[La venganza del verano] Caminantes antes de GOT

Caminantes

[Desde  Los Gastronautas pedimos disculpas a nuestra compañera Sabina Pons por este encargo/venganza tan poco veraniega. Dicho está.]


Antes de que a Vladimir Furdik le ofrecieran el papel de Rey de la Noche, antes de que se encomendara a los hermanos juramentados de La Guardia la misión de vigilar El Muro, incluso antes de que George R. R. Martin imaginara un mundo de hielo poblado por muertos vivientes, en Mallorca ya teníamos caminantes. Nunca nos dieron problemas, al contrario, los ensartábamos fácilmente con un tenedor y nos los zampábamos en tres bocados.

Mira que sois extraños en esta isla —comentó mi jefe, Gastromanso, cuando me encargó la receta— ¿por qué llamáis “caminantes” a las manitas de cerdo?

—Porque si les llamáramos “manitas de cerdo” seríamos vallisoletanos como tú.

—No entiendo esta lógica.

—Pues vale.

descuento-restaurantes-losgastronautas-ventajon Yo no tenía ganas de proseguir la conversación, estaba hosca, suspicaz, lacónica, “nita”, que decimos aquí. El encargo me había contrariado. Me faltaba valor para enfrentarme a una receta de casquería (o como quiera que se denomine a ese grupo de cosas que tienen los bichos por dentro que no son la pechuga) y la conciencia de mi desvalimiento me ponía de mal humor. 

—Bueno, a cada cerdo le llega su San Martín y a cada cocinera novel su plato de “caminantes” —me dije, y le pedí a mi compañera Mari Carmen su muy celebrada receta de “potons”, otra palabra autóctona para referirse a las manitas.

La elaboración no me resultó difícil, al fin y al cabo se trata de hervir las manitas y de hacer un sofrito muy completo y especiado.

—Añade una guindilla y cuatro o cinco clavos —me indicó Mari Carmen, y añadió una coletilla que me ofendió—, cuando digo clavos me refiero a la especia, ¿eh?

No sé, yo creo que siete meses dando el callo (nunca mejor dicho) frente a los fogones, en los que igual te he rellenado un pollo como te he aliñado un bacalao, merecen cierto respeto. Vale que hasta hace cuatro días no sabía lo que es el cardamomo y que ignoraba que existía el hilo de bramante y que soy la única persona del barrio que compra los huevos ya cocidos para ahorrarse poner un cazo de agua al fuego, pero no iba a echar cuatro alcayatas al guiso.

El hecho más reseñable de los “caminantes” que cociné fue que mi marido se zampó dos raciones, acompañadas de media barra de pan que mojó en la salsita.

—Madre mía, Sabi —dijo, con los labios húmedos de gelatina—, esto está de muerte.

Yo me sequé las manos en el delantal, como he visto hacer a Merche Alcántara tantas veces en ‘Cuéntame’, y sonreí satisfecha. Solo faltaba que apareciera Doña Herminia con su rebeca sobre los hombros y dijera: “De la cabeza hasta el rabo, todo es rico en el marrano”.

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