UNA EXTRATERRESTRE EN LA COCINA

Salmorejo – 0 Gazpacho – 1

Salmorejo de Sabina

Acababa de comenzar en un nuevo trabajo cuando uno de los compañeros de la oficina me invitó a salir. Yo no había cumplido todavía los veinte años y él hacía tiempo que había rebasado los treinta. Le llamaremos Marcel.

—¿Te apetece que el sábado te pase a recoger para ir a tomar el aperitivo junto al mar?

—De acuerdo —dije yo, más muerta que viva. Marcel parecía un hombre de mundo y su desenvoltura me intimidaba.

El sábado pasó a buscarme por casa y me llevó a un antiguo hotel de la costa cercano a Palma. Le llamaremos Hotel Bendinat. La terraza, situada en una explanada sombreada por las copas de los pinos, estaba poco concurrida. La temporada alta había acabado hacía un mes y el hotel se disponía a cerrar sus puertas. Vi por el rabillo del ojo que el camarero se acercaba a nuestra mesa y noté que el corazón se me aceleraba. Llevaba horas dándole vueltas a eso del “aperitivo”. ¿Qué se pedía en un aperitivo? ¿Qué se consideraba correcto? Entonces Google no existía y la única referencia que tenía en ese momento era la del aperitivo que se servía en casa de mis abuelos los domingos, y que ellos llamaban “hacer el vermut”. Básicamente, se trataba de sacar a la terraza la botella de Martini, una cubitera con hielo y abrir dos latas de mejillones en escabeche.

Sospechaba que para Marcel, con sus zapatos Oxford y sus americanas bien cortadas, el aperitivo no tenía misterios. Mientras, el camarero se acercaba y suponía que se dirigiría primero a mí para que encargara mi consumición. Por aquellas fechas solía tomar Fanta naranja, pero me atemorizaba hacer el ridículo frente a ese hombre tan atractivo pidiendo una bebida infantil.

—Buenos días, señores. ¿Qué van a tomar?

Entonces él habló:

—Te recomiendo el Bloody Mary. Aquí lo hacen maravillosamente bien.

—¡Oh, fantástico! —dije yo, dándomelas de Grace Kelly en el Sporting Club de Montecarlo—. Yo también tomaré uno.

Imaginaba que sería una especie de San Francisco, con granadina, zumo de piña y esas sombrillitas tan monas que se les ponían a los cócteles y que ahora se han convertido en una afrenta al buen gusto.

Cuando dejaron el vaso frente a mí un aroma extraño llegó a mis narinas. Me lo acerqué disimuladamente a la nariz y comprobé que aquello olía a tomate. Cuando probé el primer sorbo tuve que hacer esfuerzos para no gesticular. ¿Qué diablos era aquello? Era picante, salado, ácido, agrio. Por el amor de Dios, sabía a Ketchup y yo siempre he odiado el Ketchup.

Lo mío con Marcel fue más bien breve, en parte porque le encantaba el Bloody Mary.

Recordé esta historia el otro día cuando, tras haber preparado el salmorejo que me encargó mi jefe, Gastromanso, me llevé la cuchara a la boca. Aquello era Ketchup aliñado. No tenía la frescura, la deliciosa acidez del gazpacho. Faltaba pepino, faltaba cebolla, faltaba algo. Y sobraba el pan. Y el huevo duro no aportaba nada. Aun así, no descarto que sea mi torpeza habitual la que haya desmontado y anulado la delicadeza de un plato tan popular en España.

Con todos mis respetos para los cordobeses, pienso que a la gastronomía mundial no se le movería una pestaña si decidiéramos prescindir del salmorejo. Y del Bloody Mary, ni te cuento.

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