UNA EXTRATERRESTRE EN LA COCINA

Sopa para enfermos que levanta a los muertos

Sopas de ajo mallorquinas

Cuando machaco unos dientes de ajo y los echo en el aceite que humea en la sartén, recupero la fe en la vida cotidiana, en la rutina. Es casi instantáneo. En unos segundos se produce la alquimia, la mezcla crepita y un aroma denso como niebla se expande por la cocina, llega al recibidor, perfuma el rellano y, distribuido a través del hueco de la escalera, se desliza por debajo de las puertas de mis vecinos, del entresuelo al ático. El olor a ajo me coloca en un lugar confortable, seguro.

Sabina —dice mi jefe, Gastromanso—, esta semana me vas a preparar una receta de tu infancia.

Todavía no ha acabado de decir la frase y me reencuentro con la niña Sabina, vestida con el uniforme gris y azul del cole, que entra en el portal de los abuelos en la calle Julián Alvarez, en el ensanche de Palma. Al hombro lleva la cartera con los libros, el plumier y una carpeta con los mapas físico y político de España. “Las sierras de Madrid son: Somosierra, Guadarrama, Gredos y Gata”. Acomete con energía los cinco primeros escalones de la larga serie que la conduce hasta el cuarto piso, letra A. Pasado el ecuador del segundo, llega a sus receptores nasales – estimulados por el hambre canina de las dos de la tarde- el olor a ajo: “La abuela me ha hecho pancuit”, piensa. El último tramo de escalera pasa en un suspiro: “Castilla La Nueva está formada por las provincias de Madrid, Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara”.

Toca el timbre -ronco y solemne- y sale la abuela con el delantal puesto y el gesto siempre apresurado.

—¡Au, a lavarte las manos, que tienes el pancuit en la mesa!

Mi abuela era una gran cocinera, pero no recuerdo haberle preguntado si le gustaba cocinar. Creo que ni ella misma se lo planteó jamás. Las mujeres de aquella generación cuidaban a su familia, a sus vecinos, a sus conocidos porque era lo que se esperaba de ellas. No tenían elección. A veces le decía que estaba harta del cole, que no me apetecía hacer los deberes.

—Estudia —me decía entonces, muy seria—. Que no tengas nunca que depender de un hombre.

—¿Y si estudio no dependeré de un hombre?

—¡Ay, nena, ya lo entenderás! —zanjaba entonces, molesta por haber hablado de más. Y añadía— Cómete la sopa, que está caliente.

Mi abuela había machacado unos ajos y los había sofrito en aceite; luego había añadido la pulpa de tres tomates de ramellet. Unas cucharaditas de sal, otras tantas de pimentón dulce, unas galletas Quely troceadas y cuatro tazas de agua completaban el guiso. La mezcla se cocía a fuego lento durante unos veinte minutos. Antes de servir, mi abuela cascaba dos huevos y los vertía en la sopa. El calor los cuajaba y finísimos zarcillos de color dorado animaban el caldo.

—Cuando yo era niña, el pancuit se les daba a los enfermos para que recobraran el apetito —me decía.

Yo me llevaba la cuchara a la boca y pensaba que, entonces, en Mallorca apenas debía de haber convalecientes.

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