UNA EXTRATERRESTRE EN LA COCINA

Bajita y pálida: así me ha salido mi tarta de queso con castañas

Tarta de castañas en mi primera incursión en los postres.

Que si el otoño, que si la chimenea, que si la luz ambarina del atardecer, que si los erizos de las castañas cayendo en umbríos caminos. No os voy a recrear este escenario porque vivo en un piso en el centro de la ciudad. Vamos, que apenas me entero del paso de las estaciones. La realidad es que M., el jefe de esta web, me ordena que haga una receta y yo la perpetro.

Esta vez me ha exigido que me adentre en el universo de los postres y yo he accedido a regañadientes porque lo que menos me conviene es tener tamaña bomba calórica en casa. Adoro el dulce, soy acólita de la secta del azúcar. Si pudiera, me alimentaría solo de postres. Parece causa suficiente para evitar tener a mano (y a diente) una tarta de queso y castañas para mí solita con la que consolarme en las noches de bajón.

Como siempre, antes de encerrarme en la cocina, he estado investigando en libros de recetas y blogs culinarios y he descubierto que a menudo hay un atajo cuando el camino es arduo. En esta ocasión, el sendero largo transitaba por la preparación de una crema de castañas para la que tenía que pelar, hervir y triturar 300 gramos de castañas y agregar leche, azúcar y una pizca de sal. Sin embargo, curioseando entre los estantes de una tienda de productos gourmet he encontrado una maravillosa crema de castañas que los frailes de un monasterio han elaborado con amor para ahorrarme tanto trabajo.

Los pasos que he seguido para preparar esta tarta han sido los siguientes:

  1. En un recipiente, he vertido 250 GRAMOS DE CREMA DE CASTAÑA (la receta ponía 350 gramos, pero me he asustado), 250 GRAMOS DE QUESO PHILADELPHIA, 100 GRAMOS DE QUESO MASCARPONE y 4 HUEVOS, de uno en uno. Esto último debe de tener su importancia, pero yo no he sido capaz de averiguar para qué.
  2. He batido hasta conseguir una mezcla cremosa y homogénea.
  3. Llegados a este punto, la receta indicaba que había que untar con MANTEQUILLA un molde desmontable. “¿Molde desmontable?”, me he preguntado a mí misma sumida en el desconcierto y la desazón. Pues sí, queridos lectores, por lo visto se han inventado los moldes desmontables y no fue anteayer. La cuestión es que yo he echado mano de un molde de hojalata de un bizcocho que hice en 1991 y he tratado de no desanimarme.
  4. He precalentado el horno durante 5 minutos a 170 grados.
  5. He colocado el molde en la bandeja central y he horneado 40 minutos a 170 grados. La receta ponía 50 minutos, pero yo estaba tan nerviosa que he sacado la tarta antes de tiempo.
  6. He retirado del horno y he dejado que reposara y que se enfriara a temperatura ambiente.
  7. He desmoldado la tarta (con ayuda de un plato y gesticulando mucho) y la he introducido en la nevera durante un par de horas. La he servido a la hora de la merienda acompañada de un café con leche.

La opinión de mis conejillos de indias ha sido unánime: “Me gusta porque no está demasiado dulce”.  Supongo que han advertido los cien gramos de crema de castañas que faltaban y me lo han insinuado con sutileza. He de reconocer asimismo que el aspecto de la tarta, tan esmirriado y blancuzco, no la hacía demasiado apetecible. Mi expectativa era la de una tarta alta, esponjosa, ligera; el resultado ha sido una especie de bizcocho bajito. No ha habido manifestaciones masivas en las principales ciudades españolas demandando una nueva tarta de queso con castañas.

Hasta la próxima receta, chicos.

 

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